Por: Ferchijote El pasado sábado, mientras el día aún clareaba sobre las montañas que rodean Popayán, Andrés Muñoz, padre, hijo, esposo, amigo jovial y trabajador, cayó de su bicicleta y ya no se levantó. Todo sucedió mientras pedaleaba por una exigente trocha, haciendo lo que amaba: sentir la vida desde el esfuerzo y el paisaje. Un paro cardíaco súbito lo dejó sin aliento. Sin previo aviso. Sin historia clínica que lo explicara. Su muerte se suma a una creciente lista de personas relativamente jóvenes, aparentemente sanas, que han muerto de manera repentina, en silencio, lejos de los hospitales, lejos de algo que explique la partida de alguien tan querido por tanta gente. Alejandro, unos de sus hermanos, aún se sigue preguntando por qué la demora para darle los primero auxilios, por qué la tardanza para trasladar su cuerpo hasta la clínica apenas ocurrido su deceso e incluso por qué la angustiosa espera padecida por su familia para poder tenerlo en casa y poder realizar las...
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