Por: Ferchijote La tarde de viernes en que la memoria decidió hacerse verbo, entré al auditorio con la sensación de que algo importante iba a ocurrir. El recinto estaba lejos de estar lleno cuando me senté a esperar mi turno. Había un rumor suave de voces, ese murmullo tibio de los eventos que están por comenzar y que todavía no han decidido si serán inolvidables o apenas un dato más en la agenda cultural de la ciudad. Pero yo sentía que esta gala de poesía tenía algo distinto: no era una lectura más; era un llamado a poner la palabra en el centro de la memoria, en un festival que intentaba unir las artes y una postura que generara una reflexión profunda. Subí a la tarima con una serenidad que pocas veces tengo. Leí mis textos sin afán, dejando que cada línea respirara. Mientras leía, todo en mí se aquietó. Sentí que las palabras salían limpias, honestas, y que por fin hallaban el espacio para ser escuchadas sin ruido interno. Al terminar mi intervención, bajé un poco mis lentes...
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