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Poesía Disruptiva en el 1er Festival de Rock y Otras Artes sobre la Memoria (Popayán)

 

Por: Ferchijote

La tarde de viernes en que la memoria decidió hacerse verbo, entré al auditorio con la sensación de que algo importante iba a ocurrir. El recinto estaba lejos de estar lleno cuando me senté a esperar mi turno. Había un rumor suave de voces, ese murmullo tibio de los eventos que están por comenzar y que todavía no han decidido si serán inolvidables o apenas un dato más en la agenda cultural de la ciudad. Pero yo sentía que esta gala de poesía tenía algo distinto: no era una lectura más; era un llamado a poner la palabra en el centro de la memoria, en un festival que intentaba unir las artes y una postura que generara una reflexión profunda.

Subí a la tarima con una serenidad que pocas veces tengo. Leí mis textos sin afán, dejando que cada línea respirara. Mientras leía, todo en mí se aquietó. Sentí que las palabras salían limpias, honestas, y que por fin hallaban el espacio para ser escuchadas sin ruido interno. Al terminar mi intervención, bajé un poco mis lentes de leer, levanté la cabeza y el auditorio estaba casi lleno. Había pasado algo no menor. Y allí, entre las filas, estaban las miradas de hombres y mujeres, jóvenes y adultos, académicos y seculares, y entre estos, Samboní y Granda, compañeros de panel y a quien conocí en salones y en los pasillos literarios hace años. El encuentro ya había entrado en un clima propicio para lo que se avenía.

A partir de ese instante la tarde fría dio un giro inesperado. Después de mí debía leer Marcela. Ya estaba lista, pero de súbito Campillo, saltándose todo protocolo, se levantó, abandonó la mesa de la tarima y decidió pararse frente al público, abajo, casi a la altura de todos. Ese gesto ya anunciaba que algo iba a romperse.

Lo que siguió fue un performance poético de una intensidad que pocas veces he visto. Campillo, que en el trato cotidiano es un hombre de voz suave, incluso tímida, se transformó sobre el escenario. Su lectura duró cerca de veinte minutos, pero fueron veinte minutos de una prosa violentamente lúcida, un estallido de palabras que mezclaban denuncia política, memoria de masacres, rabia contra la impunidad y un lenguaje urbano, explícito, crudo, sin anestesia.

Nombró políticos locales y nacionales, habló del paramilitarismo, de territorios heridos, de las miserias que atraviesan esta ciudad y este país. Su texto era casi un documento, pero también era poesía: una poesía impúdica, "sucia", necesaria, incómoda. El auditorio quedó sin aire. Hubo aplausos fuertes, hurras incluso. Pero también hubo incomodidad; la poesía, a veces, golpea más de lo que algunos están dispuestos a soportar. Recuerdo que algunas señoras mayores se levantaron y se fueron. Y más simbólico aún: Marcela, quien debía leer después, habló brevemente con Juan, el moderador, y se retiró por la parte de atrás. No volvió.

Quedé pensando en esa reacción. Quizá era parte del riesgo asumido por la gala. La poesía disruptiva no es para todos, y tampoco tiene que serlo. Su fuerza radica justamente en su capacidad de quebrar estructuras y confrontar sensibilidades.

Luego subió Samboní, mi antiguo profesor. Escucharlo siempre fue y es una lección. Leyó varios poemas suyos, cargados de imágenes duras, de símbolos explícitos, de esa estética urbana que lo caracteriza. Hay en su poesía una manera de nombrar la ciudad como si fuera un cuerpo, una herida abierta, un territorio que respira a pesar de todo. Lo escuché como quien regresa a una fuente importante. Sus versos caminaron entre lo político y lo íntimo sin perder filo, sin suavizar la crudeza que él sabe manejar con maestría. También dedicó un momento a hablar sobre lo que habíamos leído los demás, sobre la importancia de estos espacios para una ciudad que a veces prefiere olvidar.

Después fue el turno de Diego Granda. Su poesía me tocó profundamente. En consonancia con la fuerza explosiva de Campillo o la estética afilada de Samboní, Diego trajo una andanada altisonante de sonidos e imágenes, una marca estética suya, por demás igual de contundente. Leyó poemas de uno de sus libros, donde aborda el dolor de los territorios indígenas, la violencia que arrasa los rincones más alejados del Cauca, las masacres que algunos intentan convertir en paisaje. La suya fue una lectura beligerante, un manifiesto, cargada de una agudeza profunda. Esa contundencia hizo que el dolor se sintiera más cercano, más humano. Su capacidad de mirar hacia las periferias, de traerlas al centro del poema, me pareció necesaria y poderosa.

Después de las lecturas vino un pequeño coloquio. Samboní habló, luego Diego, luego algunos asistentes del público lanzaron preguntas y reflexiones. Yo intervine al final. No hablé mucho; apenas unas palabras para subrayar la importancia de estos espacios, para agradecer la escucha y para insistir en que la memoria no es un recuerdo muerto, sino un acto en presente. Sentí que era un cierre necesario, una forma de tejer lo que habíamos vivido en ese auditorio.

Nos tomamos una foto al final: César, Francisco, Diego, yo y otros asistentes. Una foto simple, pero cargada de sentido. Fueron segundos, pero en ellos quedó congelado el encuentro entre voces que, aunque diferentes, compartimos una urgencia: nombrar lo que este país intenta callar. Luego me despedí. Empezaría de inmediato el siguiente evento. Caminé hacia la salida, hacia la tarde gris y lluviosa con una mezcla de alivio y satisfacción. Había sido, sin duda, una de las experiencias más intensas que he vivido en un escenario literario, luego solo fue un volver a las calles, a los andenes patojos por los cuales decenas de historias caminan hacia ignorados destinos. 

¿Qué me queda como reflexión?

Que la gala no fue solo poesía. Fue una prueba de que la palabra todavía puede mover algo dentro de nosotros. Fue un acto político, estético y emocional. Y fue también un espacio para confrontar. La poesía disruptiva tiene ese poder: incomoda, provoca, expone. No busca agradar; busca despertar.

El 1er Festival de Rock y Otras Artes sobre la Memoria demuestra que Popayán necesita más espacios como este. Necesitamos lugares donde la palabra pueda ser también una herramienta inquirente, un abrazo, un espejo, un mapa de retorno hacia lo que somos. Donde la memoria no sea solo un tema, sino un ejercicio colectivo. Escribo esta crónica como agradecimiento: a Juan Cuervo por la iniciativa y la valiosa labor, a quienes asistieron, a los poetas que compartieron su voz, a quienes aplaudieron, a quienes se incomodaron y a quienes se fueron. Todos hicieron parte del ritual.

Y también como invitación: a volver a leer, a no olvidar, a llenar de poesía los silencios que la ciudad acumula.

Que este festival sea apenas el comienzo.
Que la palabra siga recorriendo nuestras calles.
Que la memoria no se apague.

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#MemoriaViva
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Comentarios

  1. No olvide que la poesía es un género literario que busca expresar emociones y sentimientos de manera creativa y respetuosa. En dicho evento, el lenguaje utilizado fue agresivo y ofensivo hacia las mujeres.

    Me parece que las personas que se pararon y se fueron hicieron lo correcto, simplemente estaban ejerciendo su derecho a no participar, además es importante reconocer que la valentía no se mide por la capacidad de soportar insultos o agresiones, sino por la capacidad de tomar decisiones que promuevan el respeto y la dignidad.

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    1. Gracias por tu comentario y por tomarte el tiempo de leer la crónica.

      Comparto que la poesía, en todas sus formas, es un territorio para la emoción, la sensibilidad y la creatividad. Pero también es un espacio para la incomodidad, la denuncia y la irrupción de voces que ponen en cuestión aquello que socialmente damos por sentado. La poesía —como cualquier arte vivo— no surge solo desde lo amable: también nace de la herida, de la rabia, del desconcierto y de las realidades que aún duelen.

      Sobre el lenguaje utilizado en la gala, entiendo que para algunas personas pudo resultar incómodo o demasiado frontal. Esa reacción también es parte del ejercicio artístico: cada quien tiene la libertad de retirarse si siente que un contenido no le habla o le afecta. En eso estoy de acuerdo contigo: nadie está obligado a permanecer en un espacio en el que no quiere estar.

      Sin embargo, reducir lo ocurrido a “agresiones” omite el contexto: las obras presentadas respondían a experiencias y miradas personales, muchas de ellas cargadas de crítica social, de contradicciones y de búsquedas propias de la poesía disruptiva. No se trató de insultar, sino de proponer un lenguaje que sacude, que cuestiona y que, precisamente, invita al debate que ahora estamos teniendo.

      Aprecio tu preocupación por la dignidad y el respeto —son principios que también considero esenciales—, pero creo que la valentía en el arte se mide justamente por permitir que existan todas las voces, incluso las que nos incomodan. Esa pluralidad enriquece, amplía y tensiona, y ahí es donde el arte cumple su papel más profundo.

      Gracias nuevamente por tu aporte. Estos diálogos son necesarios para seguir construyendo espacios culturales abiertos, críticos y respetuosos de la diversidad de expresiones.

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    2. El lenguaje ofensivo hacia las mujeres es una discusión y debe darse, claro. Otra es la discusión del género. No sé de dónde sale la que usted da, pero el respeto no es un requisito del género, rara vez ha sido así. El género incluso cambia según épocas y demás. Entonces ya que usa el tono de "no olvidar", no olvide que los géneros se transforman, no son estáticos, y que es un despróposito evaluar una obra desde lo que usted cree que debe ser el arte, sobre todo si su definición del género es tan estática y limitada.

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    3. Gracias por tu comentario.

      En ningún momento, ni en mi texto ni en la respuesta anterior, propuse una definición fija o normativa del género. Precisamente porque coincido contigo en que los géneros son dinámicos, cambiantes y responden a contextos históricos y culturales. Mi reflexión no buscaba delimitar qué “debe ser” la poesía, sino volver a situar la discusión en el terreno donde inició: el uso del lenguaje y su recepción en un espacio público y comunitario.

      Mi punto es que la reacción del público —levantarse, quedarse, aplaudir o incomodarse— también hace parte del hecho estético. La poesía, como acto vivo, no existe solamente en el texto ni en quien lo escribe: se completa en el encuentro con otros, con sus sensibilidades, sus límites, sus interpretaciones y sus incomodidades. Eso no impone reglas al género, pero sí nos invita a pensar en la responsabilidad que implica leer o declamar frente a un público diverso.

      El debate sobre los límites, el tono y los efectos del lenguaje poético es completamente legítimo. Y es justamente en ese diálogo —plural, crítico y abierto— donde la poesía sigue transformándose.

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  2. Demasiada palabrería para intentar justificar semejante derroche de genial… estupidez. Los alegatos contra Uribe —o contra cualquier político que se le cruce— fueron tan profundos como una piscina inflable, y la verborrea que desplegó en ese evento recordó más a un adolescente que decidió envejecer sin madurar que a alguien con algo que decir. Lo que se hizo no ofendió a las mujeres: ofendió a la poesía, que ya bastante sufre.
    Que Uribe merezca todos sus improperios, o que el reguetón le parezca un crimen estético, es válido. Pero lo campillo fue un espectáculo digno de estudio, un ridículo tan monumental que muchos solo se quedaron porque, bueno, el respeto obliga. Solo su amigo —ese valiente que graba y reía como hieda y esa lamboneria hizo que suba al escenario — pareció disfrutarlo, quizá porque era el único que entendió el chiste… si es que lo había.
    De verdad, los animo a seguir por ese camino. El mundo necesita personas dispuestas a hacer el ridículo con tanta convicción: son un servicio público invaluable para quienes disfrutamos de la pena ajena bien ejecutada. Pero no digan que fue una gala de poesía, fue un espectáculo de porquería.

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    Respuestas
    1. Estimado Anónimo:

      Qué curioso: hablas de “ofensa a la poesía” como si la poesía fuera un jarrón fino que se rompe con cualquier gesto humano, y no ese animal indomesticable que se alimenta justamente de lo que llamas “ridículo”, “derroche”, “genial estupidez”.
      Si supieras un poco de ella —no de su mito de porcelana, sino de su respiración real— sabrías que la poesía nació haciendo ruido, rompiendo solemnidades, molestando al poder, interrumpiendo banquetes, desordenando el silencio burocrático.
      No nació para agradar.
      Nació para herir las certezas.

      Decir que “la poesía sufrió” es confundirla con un adorno de sala.
      La poesía, Anónimo, no sufre: desgarra.
      Lo dijo Rimbaud —ese niño incendiado que trastornó el siglo—:
      “Hay que ser absolutamente moderno.”
      Y ser moderno implica equivocarse, balbucear, arriesgar la garganta, entrar al mundo sin permiso.
      Artaud, por su parte, se reía de quienes querían un teatro pulcro, higiénico, domesticado:
      “El problema no es la locura: es la cobardía.”

      Y es justamente eso lo que irrita tanto en lo ocurrido:
      no fue la presencia de lo grotesco, lo fallido, lo excesivo,
      sino la presencia de alguien que se atrevió.
      Que rompió un pequeño orden.
      Que no pidió autorización.
      Que no leyó el guion invisible del “buen gusto”.
      Eso, para muchos, es imperdonable.

      Llamas “porquería” a lo que no entiendes, a lo que se sale del marco.
      Pero la historia de la poesía —la verdadera, no la escolarizada— está hecha de actos que en su momento fueron tildados justamente así:
      locura, estupidez, escándalo, ruido, payasada.
      Góngora fue acusado de hablar en jeroglíficos.
      Vallejo fue tildado de analfabeta por sus contemporáneos.
      Whitman fue censurado por pornográfico.
      Pizarnik se burlaba de quienes querían que el poema fuera “buen vecino”.
      La poesía no está para hacerte sentir cómodo, Anónimo:
      está para recordarte lo que no quieres ver.

      Tu comentario, más que crítica, es diagnóstico.
      Y es muy claro: temes al desborde, al desajuste, al gesto que no pasa por el filtro del cálculo.
      Te inquieta la risa que estalla en un espacio que tú crees sagrado, como si la sacralidad de la poesía dependiera de cuántos están sentados sin moverse, sin respirar, sin equivocarse.
      Pero la poesía no se protege con vitrinas; se alimenta del movimiento, del riesgo, del temblor humano.

      Dices que lo ocurrido “no fue una gala de poesía”.
      Es posible.
      Quizá no lo fue para ti.
      Quizá no alcanzas a verlo porque estás mirando la superficie, los modales, la etiqueta, la postura correcta de los codos sobre la mesa.
      Pero la poesía nunca ha tenido urbanidad.

      Si algo quedó claro es esto:
      lo que para ti fue un “ridículo monumental”, para nosotros es un acto profundamente humano.
      Y lo humano, con su torpeza, su intensidad y su exceso, es lo único que mantiene viva la llama del arte.
      Es más fácil quedarse sentado señalando desde la sombra; más difícil es subir al escenario, abrir la boca, arriesgar el temblor.

      Te agradezco, en todo caso, la lectura.
      Los textos que generan indiferencia mueren.
      Los que generan ruido —incluso el tuyo— viven.
      Y si algo demuestra tu comentario es que la poesía, esa que según tú “ya bastante sufre”, está más viva que nunca: irrita, desacomoda, obliga a escribir respuestas largas, convoca opiniones, despierta furores, desata lenguas.

      Si esto fuera “una porquería”, como dices, no estarías aquí.
      Estás aquí porque algo te tocó.
      Y lo que toca, incomoda.
      Y lo que incomoda, transforma.

      La poesía no pide permiso, Anónimo.
      Tampoco nosotros.

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