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Autofagia: cuando el cuerpo se depura para ser más fuerte y sanar


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Por: Ferchijote

En 2016, el científico japonés Yoshinori Ohsumi recibió el Premio Nobel de Medicina por demostrar algo que, más allá del laboratorio, parece una lección de vida que hemos olvidado: que el cuerpo necesita deshacerse de lo viejo para seguir existiendo. Ohsumi estudió la autofagia, un proceso celular que significa literalmente “comerse a sí mismo”. Suena brutal, casi autodestructivo, pero es la manera más íntima y precisa que tiene la vida de limpiarse de aquello que ya no sirve. Es una decisión de supervivencia, una apuesta radical por la renovación.

Y uno, desde este lado del mundo saturado de pantallas, consumo y desasosiego, no puede evitar preguntarse: ¿cómo es que el cuerpo sí sabe soltar y nosotros no?

La autofagia ocurre en todas las células de nuestro organismo. Cuando hay escasez de nutrientes, cuando el metabolismo se altera o cuando se acumulan proteínas defectuosas, el cuerpo activa un mecanismo que identifica, encapsula y degrada esos desechos internos. Lo convierte en energía, lo reordena, lo transforma. No destruye lo esencial, solo lo inútil. El sistema inmunitario, el metabolismo, el envejecimiento: todo está atravesado por este acto de depuración.

Ohsumi logró ver este proceso en levaduras, un gesto de paciencia científica que hoy nos permite comprender enfermedades cuya raíz está en el desorden celular. La acumulación de proteínas tóxicas, por ejemplo, está presente en patologías neurodegenerativas como el Alzheimer —que según estimaciones de organismos internacionales afecta a más de 55 millones de personas en el mundo— y en otras como el Parkinson o la esclerosis lateral amiotrófica. También se ha observado que fallas en la autofagia permiten que ciertas células cancerígenas sobrevivan cuando deberían desaparecer.

La biología, en su silencio milenario, parece decirnos algo sencillo: si no limpias, enfermas. Y aun así, como sociedades, insistimos en seguir acumulando. En nuestras ciudades vemos montañas de basura que crecen más rápido que las bibliotecas; gobiernos incapaces de desmontar sus propias corrupciones; economías que solo entienden la palabra “expandirse”, incluso cuando esa expansión devora ecosistemas enteros. Vivimos rodeados de objetos, datos, ruido, estrés y promesas de salvación inmediata. Cada año, la humanidad produce más de 2.200 millones de toneladas de desechos sólidos; una cifra que podría duplicarse en las próximas décadas si no ocurre un cambio sustantivo.

La autofagia, en contraste, es la pedagogía del desmontaje, la ética de la contención, la ciencia de lo esencial. Cuando el cuerpo ayuna, por ejemplo, activa con más intensidad este proceso. El ayuno no como moda —de eso hay miles—, sino como antigua memoria biológica: la pausa como forma de reparación. En ausencia de alimento, la célula vuelve sobre sí misma, examina lo que sobra y decide qué reciclar para seguir funcionando. Es casi una ceremonia microscópica, una liturgia de la supervivencia.

Pero la sociedad contemporánea ha hecho del exceso un valor. Nos exige estar llenos: de información, de rabias, de actividades, de deudas, de vínculos fugaces. Todo se acumula: desde residuos plásticos hasta resentimientos políticos. Y, como esas células enfermas que estudiaba Ohsumi, terminamos saturados de lo que no logramos procesar.

¿No sería razonable pensar la autofagia como un modelo para la vida colectiva? Si una célula no elimina sus residuos, se intoxica; si un país no enfrenta sus desigualdades, se fractura; si una persona no cuestiona sus cargas internas, se marchita. No es casual que las sociedades que más consumen sean las que más ansiedad producen, ni que la crisis ambiental esté vinculada a la incapacidad de detenernos.

La autofagia nos recuerda algo que parece impensable en la lógica neoliberal: vivir no es acumular, es transformar. Pienso en Colombia —este territorio herido y hermoso— donde las instituciones cargan décadas de violencia, clientelismo y promesas rotas. Pienso en cómo nuestros barrios están llenos de jóvenes absorbidos por un sistema que no recicla oportunidades, sino que las deja oxidarse. Pienso en nuestras escuelas donde a veces se enseña más a memorizar que a depurar, más a competir que a reflexionar. Ohsumi, sin proponérselo, nos entregó una metáfora política. La autofagia es la única forma de evitar que una estructura se pudra desde dentro. Es desmontar lo inservible para que la vida vuelva a fluir. No es destrucción; es transformación con propósito.

En un mundo exhausto, donde el cambio climático avanza con cifras alarmantes —2023 fue declarado el año más caluroso jamás registrado y se estima que entre 1 y 3 millones de personas mueren cada año por causas relacionadas con la contaminación del aire—, esta metáfora se vuelve urgente. No podemos seguir construyendo sobre los escombros sin antes reconocerlos. El cuerpo ya lo entendió hace miles de años. Quizá la enseñanza más profunda de la autofagia es que la vida no teme a la desaparición parcial. A veces, para continuar, basta con vaciar un poco. Basta con resignificar. El cuerpo no se aferra: recicla. Y en ese acto humilde, casi silencioso, revela una filosofía entera.

Como si dijera: lo que se transforma, vive; lo que se aferra, se marchita. Los pueblos, las ciudades, los amores, los proyectos, las instituciones… todo necesita espacios para respirar. No se trata de romperlo todo, sino de reconocer qué parte de nosotros —o del país, o del mundo— ya cumplió su ciclo. Qué ideas deben degradarse para que aparezcan otras más generosas, más justas. Qué hábitos deben disolverse para que la vida emerja con más claridad.

La autofagia es una invitación a pensarnos desde la limpieza interna, no desde el ruido externo. Es el recordatorio de que la resistencia no está en endurecerse, sino en saber transformarse a tiempo. Y quizá por eso su enseñanza toca tan hondo: porque en un mundo donde todos corren para llenarse, la biología nos muestra que a veces el secreto es vaciarse.

Hay un momento, en el silencio del cuerpo, donde la célula se sienta a recordar lo que la memoria humana olvidó: que nada permanece si no se atreve a cambiar, que la vida nace en la frontera entre lo que se suelta y lo que se queda, que el mundo —como el cuerpo— enferma cuando acumula, y que toda esperanza verdadera comienza con un acto de limpieza. Quizá, al final, la autofagia no es solo un mecanismo microscópico, sino una pedagogía para la existencia: la certeza de que lo que se transforma renace, y que renacer, en tiempos como estos, es la forma más profunda de resistencia.


Yoshinori Ohsumi (1945-) es un biólogo celular japonés. Doctorado en la Universidad de Tokio, dedicó su carrera al estudio de la degradación celular en levaduras. A finales de la década de 1980 y principios de los 90 identificó los genes esenciales para el proceso de autofagia y describió sus etapas con rigor pionero. Gracias a sus experimentos —que permitieron entender cómo las células reciclan sus componentes—, abrió nuevas rutas para investigar enfermedades neurodegenerativas, cáncer, envejecimiento y trastornos metabólicos. En 2016 recibió el Premio Nobel de Fisiología o Medicina por sus descubrimientos sobre los mecanismos de la autofagia.

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Comentarios

  1. Gracias por llegar hasta aquí. La autofagia es también una metáfora poderosa de lo que somos como especie: reciclaje, renacimiento, memoria y limpieza. Si este artículo te dejó alguna idea, alguna pregunta, o incluso una duda, te invito a compartirla aquí en la caja los comentarios.
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