El 21 de junio de 2025, Estados Unidos lanzó un ataque directo contra Irán, golpeando con bombas “bunker‑buster” y misiles Tomahawk tres instalaciones nucleares clave en Fordow, Natanz e Isfahan; el presidente Trump calificó la operación como un “éxito espectacular” y afirmó que había “completamente obliterado” dichos sitios. El papel de EE.UU. al lado de Israel marca una escalada sin precedentes que ha conmocionado al mundo y generado amenazas de represalias por parte de Irán, que advierte sobre “consecuencias eternas” . En palabras del secretario general de la ONU, António Guterres, la región se encuentra al borde del colapso diplomático.
Este episodio no puede entenderse sin remontarse a la historia devastadora de las guerras: la Primera Guerra Mundial (1914‑18) dejó más de 16 millones de muertos; la Segunda Guerra Mundial (1939‑45) se cobró entre 60 y 70 millones de vidas, de las cuales unos 40 millones eran civiles, incluyendo millones de niñas y niños . En los últimos cien años, invasiones modernas—Vietnam, Irak, Afganistán, Ucrania—han cobrado la vida de cientos de miles de menores y millones más de civiles atrapados entre los combates.
Las estadísticas de la infancia en zonas de guerra son escalofriantes: UNICEF estima que cada día, cientos de niños mueren en conflictos armados o quedan heridos, sin acceso a agua, alimentos ni atención médica. En la Primera Guerra Mundial murieron decenas de miles de menores; en la Segunda, cientos de miles; en los conflictos recientes, se habla de más de medio millón de niños muertos o discapacitados y millones desplazados. Las naciones que han fomentado estos derroteros —potencias coloniales, imperios, superpotencias— han dejado un legado de destrucción y trauma transgeneracional.
Pensadores y pacifistas han denunciado esta barbarie: Albert Einstein escribió que “la paz no puede mantenerse por la fuerza; solo puede lograrse mediante la comprensión” —una invocación ante el uso de la bomba atómica—. George Orwell advirtió la “mutua destrucción” inherente a la guerra total. Bertolt Brecht reclamaba: “¿Qué es la verdad que subyace tras las bombas y los misiles?” Ghandi enseñaba que “la no violencia es la fuerza más poderosa a disposición de la humanidad”. En palabras de Martin Luther King Jr., “la violencia no puede desalojar la violencia; solo puede hacerlo la no‑violencia”. Hermanas como Nadine Gordimer y Svetlana Alexievich han descrito el horror cotidiano de los inocentes, la infancia aplastada por metralla y miseria.
Las potencias económicas y políticas que se arrogan el monopolio del uso de la fuerza actúan con la arrogancia de contar vidas en términos de salarios militares. Su papel nefasto ha sido historizar el sufrimiento: desde la colonización de África y Asia hasta las bombas nucleares sobre la infancia aplastada por metralla, por el hambre, por el exilio forzado y por el olvido. Svetlana Alexievich, Premio Nobel de Literatura, escribió en La guerra no tiene rostro de mujer: “La guerra siempre es el infierno, pero para los niños es el infierno sin palabras”. Esa es la paradoja: quienes menos entienden por qué estalla una guerra, son los que más la sufren.
Durante los últimos 150 años, el mundo ha sido moldeado por imperios y potencias que no han escatimado en violencia para asegurar sus intereses: el Imperio Británico y sus guerras coloniales; Estados Unidos y sus invasiones en América Latina, Asia y Medio Oriente; la Unión Soviética con su control férreo sobre Europa del Este y Afganistán; y más recientemente, la OTAN y su participación directa en conflictos que disfrazan de “intervenciones humanitarias”. Todos han dejado cicatrices en pueblos enteros, han quebrado culturas, han desaparecido generaciones.
¿Quién parará esta insulsa guerra? ¿Quién va a detener este modelo civilizatorio que normaliza la muerte ajena? Tal vez, como dijo Eduardo Galeano, “el mundo está patas arriba porque los que deberían gritar callan, y los que deberían callar mandan misiles”. La respuesta no vendrá de los poderosos, sino de los pueblos, de los educadores, de los artistas, de las madres, de los niños que aún creen que la palabra puede más que la metralla.
Hoy más que nunca es urgente volver a imaginar el mundo desde la paz. Como recomendación para ampliar esta reflexión, hay una serie de documentales y películas que han abordado el sinsentido de la guerra con profundidad y humanidad: La tumba de las luciérnagas de Isao Takahata, sobre el bombardeo de Kobe; Nacido el 4 de julio de Oliver Stone, sobre la deshumanización del soldado en Vietnam; Restrepo de Tim Hetherington, un retrato crudo del conflicto en Afganistán; The Fog of War de Errol Morris, que examina la locura detrás de las decisiones militares; y War Child, sobre la niñez robada en Sudán.
En el ámbito educativo, se hace indispensable una pedagogía para la paz, que no sea sólo el "no a la guerra", sino el "sí a otra forma de vida". Una educación pacifista, crítica y progresista, que cuestione el poder, que fomente la memoria, que abrace la diversidad y defienda la dignidad de todos los pueblos. Porque como dijo Malala Yousafzai, una niña sobreviviente de la violencia, “un niño, un maestro, un libro y una pluma pueden cambiar el mundo”. No dejemos que el silencio y el miedo escriban la historia. Es hora de educar para la vida, no para la muerte.
#NoALaGuerra
#EducaciónParaLaPaz
#InfanciasEnResistencia
#DesmilitarizarElMundo
#PazConJusticia
#MemoriaYVerdad
#NiUnNiñoMásEnLaGuerra
- Obtener vínculo
- X
- Correo electrónico
- Otras apps
- Obtener vínculo
- X
- Correo electrónico
- Otras apps

Comentarios
Publicar un comentario