Por: Ferchijote
Mientras Estados Unidos despliega
su agenda internacional con actitudes impositivas hacia países como Brasil,
Colombia, México y Canadá, en su propio territorio enfrenta una crisis
sanitaria sin precedentes: el consumo descontrolado de fentanilo. A pesar de
las alarmantes cifras de sobredosis y el colapso de comunidades enteras, las
respuestas del gobierno han sido fragmentadas e insuficientes. Esta
contradicción evidencia una falla estructural en su política de salud pública y
su posicionamiento global.
El fentanilo es un opioide
sintético desarrollado para tratar dolores intensos. Sin embargo, su uso
ilícito ha desatado una crisis sanitaria en Estados Unidos debido a su altísima
potencia, que lo hace 100 veces más fuerte que la morfina y 50 veces más potente
que la heroína. Su capacidad para atravesar rápidamente el cerebro provoca
efectos inmediatos, pero también suprime la respiración, lo que puede llevar a
sobredosis fatales. Apenas unos miligramos —equivalentes a unos pocos granos de
sal— son suficientes para causar la muerte.
Pese a esfuerzos como el acceso a
tratamientos y naloxona, las respuestas del gobierno han sido insuficientes.
Los expertos insisten en la necesidad de un enfoque integral que priorice la
salud pública, el tratamiento y la reducción de daños.
Una crisis desatendida
Este opioide se ha convertido en
el principal responsable de sobredosis en el país, causando más de 70,000
muertes al año. A pesar de la gravedad de la situación, las estrategias del
gobierno estadounidense se han enfocado más en militarizar la frontera con
México y culpar a otros países por la distribución de esta droga que en
invertir en soluciones efectivas de salud pública.
El discurso predominante en
Washington señala a los laboratorios clandestinos de México y a la industria
química de China como los principales culpables, mientras se evade una
autocrítica necesaria sobre el sistema de salud fallido y el descontrol del mercado
farmacéutico interno, que fue el punto de partida de la crisis. Desde 2019, el fentanilo es
la principal causa de muerte entre jóvenes de 18 a 45 años, superando
accidentes automovilísticos y suicidios.
El historiador Howard Zinn
observó: "La historia de Estados Unidos está marcada por un esfuerzo
constante por exportar la violencia hacia afuera, mientras se ignoran los
problemas sociales internos." La lucha contra el fentanilo sigue esta
lógica, evidenciando la incapacidad para mirar hacia adentro.
Incoherencia política
Resulta irónico que un país que
no logra proteger a sus propios ciudadanos del fentanilo se arrogue el derecho
de dictar políticas antidrogas a otras naciones. Las presiones diplomáticas, las deportaciones de inmigrantes en condiciones denigrantes, la injerencia para condicionar las operaciones militares en la lucha contra el narcotráfico, o las
constantes tensiones comerciales con Canadá en materia de control de
sustancias, son ejemplos claros de esta actitud contradictoria.
Karl Marx señaló: “El Estado es el consejo de administración de los intereses comunes de la burguesía.” La política exterior estadounidense parece responder más a intereses económicos y geopolíticos que a un compromiso real con la resolución de sus crisis internas. El enfoque punitivo, que ha demostrado su fracaso durante décadas, sigue siendo el eje central de la política exterior de Estados Unidos, mientras las comunidades estadounidenses piden a gritos acceso a programas de rehabilitación, campañas de reducción de daños y un enfoque menos criminalizante.
El economista Joseph Stiglitz ha
advertido: "Cuando un país invierte más en su aparato militar que en
salud y educación, las bases mismas de la sociedad empiezan a
deteriorarse." Este deterioro es palpable en comunidades que sufren
las consecuencias del consumo de fentanilo y la falta de respuestas efectivas.
Hacia una autocrítica necesaria
Estados Unidos debe mirar hacia adentro antes de imponer condiciones hacia afuera. La crisis del fentanilo no se resolverá con muros fronterizos ni con una política exterior déspota, sino con una política pública coherente que priorice la salud de su población. Como dijo el sociólogo estadounidense C. Wright Mills: "La irresponsabilidad de las elites políticas se refleja siempre en el sufrimiento de los ciudadanos."
La pregunta es si el gobierno estadounidense tendrá al interior de su país voces y acciones que hagan resistencia e instiguen al reconocimiento de su responsabilidad y el cambio de rumbo. Latinoamérica ha sido y seguirá siendo un bastión de resistencia. Nos merecemos respeto, dignidad y la posibilidad de construir nuestras políticas soberanas sin injerencias externas. La crisis del fentanilo en Estados Unidos es una muestra de que ningún país está exento de sus propios problemas, pero el camino no es imponer políticas autoritarias en tierras ajenas.
La soberanía no se mendiga, se defiende. Como dijo Simón Bolívar: "La libertad del Nuevo Mundo es la esperanza del universo." Que nuestras naciones sigan caminando con la frente en alto, con la certeza de que somos nosotros quienes debemos decidir nuestro destino.
#SoberaníaLatinoamericana
#CrisisDeFentanilo
#SaludPúblicaPrimero
#ResistenciaLatinoamericana
#EstadosUnidosExpansionista

Al leer el artículo El fentanilo y la incoherencia de las políticas estadounidenses: una crisis interna irresuelta, me surge una profunda reflexión sobre la manera en que los Estados gestionan sus crisis internas mientras proyectan poder en el ámbito internacional. Veo en este análisis una contradicción evidente: Estados Unidos adopta un discurso de control y regulación frente al narcotráfico en América Latina, pero enfrenta una crisis devastadora de sobredosis por fentanilo dentro de sus propias fronteras sin una respuesta efectiva.
ResponderBorrarEsta contradicción me recuerda el concepto de "disonancia cognitiva", que describe el conflicto entre lo que un individuo —o, en este caso, una nación— proclama y lo que realmente practica. Me pregunto hasta qué punto esta incongruencia es deliberada, una estrategia de distracción para no asumir responsabilidades internas, o simplemente una falta de voluntad política para abordar los problemas de raíz. La crisis del fentanilo no es solo una cuestión de seguridad, sino un reflejo del abandono de la salud pública y la falta de regulación efectiva del mercado farmacéutico.
Me hace pensar en las palabras de Howard Zinn, quien advertía sobre la tendencia de Estados Unidos a externalizar sus problemas, dirigiendo su violencia y control hacia otros países en lugar de enfrentar sus propias fallas estructurales. Es evidente que culpar a México y otros actores externos no resolverá la crisis de opioides. La verdadera pregunta es por qué no hay un esfuerzo serio por reformar el sistema de salud y abordar las causas sociales y económicas del consumo de fentanilo.
Karl Marx decía que el Estado es el administrador de los intereses de las élites, y no puedo evitar ver en esta situación una confirmación de esa idea. Mientras la crisis sanitaria avanza, las grandes corporaciones farmacéuticas siguen operando con mínimos controles, y las políticas públicas se enfocan más en el castigo que en la prevención. ¿Acaso la guerra contra las drogas es, en el fondo, un instrumento de dominación más que una verdadera lucha por la salud pública?
Joseph Stiglitz afirmaba que cuando un país invierte más en el aparato militar que en la salud y la educación, su sociedad comienza a deteriorarse. Lo que ocurre con el fentanilo parece un síntoma de ese desgaste. En lugar de invertir en programas de rehabilitación y educación sobre el consumo de opioides, se opta por medidas punitivas y discursos alarmistas que no atacan el problema real. Me pregunto si algún día se reconocerá que la verdadera solución no está en las fronteras, sino en la propia estructura del sistema de salud y en la regulación de la industria farmacéutica.
Este artículo me deja con una sensación de urgencia y frustración. Veo en esta crisis una oportunidad para repensar el papel de los Estados y la ética de sus políticas. Si en verdad queremos enfrentar problemas como el del fentanilo, debemos exigir una política pública coherente, que priorice el bienestar de la población antes que los intereses económicos y geopolíticos. La pregunta sigue en el aire: ¿hasta cuándo se seguirá ignorando lo evidente?
Agradecemos mucho tu lectura atenta, tu análisis y tu generosidad. Esperamos seguir contando con tus notorios aportes. ¡Feliz día Poeta!
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